Las ráfagas de aire del desierto golpeaban sin piedad mis mejillas enrojecidas. Ahogamiento, como el del viajero invernal frente al paraje blanco, vacío, sin atisbos de objetivo. Pero pasear por Granada significa olvidar el dolor crudo del aire caliente, el cansancio de las cuestas inescrutables para sumergirse en la belleza de los ornamentos, lo intrincado de las marqueterías, lo inexorable de las piedras que resisten como el viajero invernal.
La luz del crepúsculo se inmiscuía misteriosamente y caía en un patio empedrado y robusto. El misterio de esa luz que no podíamos entrever dónde nacía presagiaba lo fascinante del viaje, del rito. Mientras, la torre que se erigía a lo lejos nos recordaba que el mundo seguía ahí, que nunca podríamos escapar de él. Que la magia es nada más que eso, magia.
Sinuoso, como una lagartija, apareció el sacerdote inglés. Largo, pálido, alto, enfermizo, lánguido. Pero este no era un sacerdote místico que miraba hacia el cielo. Cuando abría sus labios ligeramente, apilados el uno encima de otro, parecía que sus ojos se volvían hacia dentro, que su torso se abría en canal, que sus piernas no podían hacer nada más que desfallecer. Aquel no era un ritual para olvidar, era una catarsis, un acto de dolor común, un planto en el que cada uno de nosotros luchaba por sus lagunas negras, por sus heridas abiertas.
El paisaje se abría tras el sacerdote inglés en forma de mueble negro, como si de una túnica negra y envolvente se tratara. Y entonces, empezó a dibujar los primeros atisbos de blanco, puro pero insobornable. Los pasos infinitamente cadenciosos empezaron su periplo. O lo terminaron. Gute Nacht. El dolor del abandono escondido en los adentros tenía ahora vía libre para dejarse deslizar por la nieve blanca, por las ramas desnudas. Principio y final unidos en un intento de hacer desaparecer el tiempo.
Cada sonido, cada palabra, cada gesto, cada respiración, cada movimiento nos sacudía. Sentía que alguien me abofeteaba, me clavaba un cuchillo afilado en las entrañas, me acariciaba dándome consuelo, soñaba que la primavera volviera, me congelaba y sentía el dolor de los miembros endurecidos, anhelaba que la capa de hielo se deshiciese y las hierbas volvieran a crecer, me quedaba solo en el paraje helado inmóvil, escuchaba los sonidos saltarines de una cornamusa que, en realidad, no traía nada para mí.
Mientras camino, observo como mis pasos van quedando marcados en la nieve. Me detengo y cojo un puñado. Cómo duele cuando la nieve se desliza impasible por mi mano desnuda. De lejos, un manto frondoso e impenetrable. De cerca, formas de belleza sobrehumana, demasiado perfectas para ser de verdad. Parece que se oye algo. ¿Es música?, ¿Música de muertos?, ¿El fin del viaje?, ¿O un nuevo principio? Me acerco.
Un hombre está sentado en el rellano de una ventana. Descalzo y ciego. Sus pupilas son blancas, como la nieve. Los perros ladran a su alrededor. Toca una zanfoña antigua, carcomida y medio rota. Es una canción circular, que se repite desde siempre y para siempre. Frente a él, un plato blanco vacío, como la nieve.
-¿Quién anda ahí?
A mi lado escucho un sonido extraño, como dos manos golpeándose la una contra la otra. La torre a lo lejos. La noche ya ha caído y ha dejado atrás las últimas luces del crepúsculo. El sacerdote inglés se esconde. Lágrimas liberadoras. Abrazos reconfortantes. Yo soy un viajero. Otro más.
27/VII/2020
© 2024 Todos los derechos reservados | Claudia Reyes Segovia
Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones
Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.