El gris lo impregna todo. Vallas grises y gris del cielo. Gris de acero y gris de asfalto. Llueve. Y las gotas caen con violencia. Pequeñas guillotinas atravesando cuerpos desmembrados, ilocalizables, inútiles. Las bolsas negras o de plástico multicolor colgadas de un hombro en el que hacen mella semana tras semana. Poco a poco se inscribe un surco en la piel. Dolor de cuello y malditos tendones. Llueve, y por eso el señor se sienta en la marquesina a esperar al autobús. Debía tener sesenta y pico. Bigote, entradas y piel marrón. Mira a lo lejos sabiendo que no hay un mañana, que lo único que vale la pena saborear es el plato de sopa que estará hoy sobre la mesa. Trazos de una sabiduría sin libros, de un hacer heredado. Una bolsa verde, rebosante de fruta descansa sobre el banco. Al otro lado, un paraguas mojado, abierto de par en par esperando a volver a ser escudo.
En la pared de acero resaltan los colores infinitos de una blusa colmada de geometrías imposibles. La blusa la protege un chubasquero azul, casi gris, como los charcos que va pisando mientras anda. Dos manos sujetando una pequeña caja de cartón, que ella trata de proteger a toda costa. Sin embargo, la lluvia no perdona, el cartón se marchita. Y corre sin vacilar hacia la marquesina. Al otro lado también hay un banco. Completamente herida por la fría violencia de cristales que caen del cielo, deja su bolso en el banco y sujeta con vehemencia la caja de cartón, mientras jadea y trata de apartar el agua que brutalmente le ciega los ojos. De sus orejas cuelgan dos espirales verdes, que, llevando el pelo corto, quedan completamente al descubierto. El bolso vacila y está a punto de caer. Parece endeble, hecho de materiales reciclados. Mirada perdida. Suena un teléfono y ríe a carcajadas. El hombre de piel marrón la mira de reojo un par de veces. Vuelve a reír, angustiada. Se despide prematuramente y cuelga. Ruido de gotas sobre el asfalto.
En una suerte de danza hipnótica totalmente destartalada, el joven trata de guardarse el euro que ha tenido que utilizar como depósito para liberar un carro de la compra en el bolsillo del pantalón, sorteando una bolsa negra, repleta hasta los topes y las faldas rebeldes de un abrigo gris, sumado al vaivén que describe una mochila colgada a la espalda que lo inestabiliza a cada momento. Una vez sorteada la caída al charco y lograda la estabilidad, abre un paraguas negro con motivos de tartán y enfila la marquesina bajo una lluvia que se vuelve más intensa.
Los bancos han sucumbido ya al extensivo habitar de objetos y cuerpos que los colonizan. Pero, sin embargo, son todavía un refugio contra la impiedad del cielo. El hombre desliza la bolsa verde hacia él y deja un espacio libre. Mirada de complicidad y una sonrisa. Solo una, porque el hombre conoce bien la diferencia entre hacer y parecer.
El joven viste ropas elegantes, pero no demasiado ceñidas. Las telas fluyen libremente bajo el influjo del trazo de un movimiento cualquiera. Telas que parecen buenas, pero que aglutinan multitud de pasados y horas de laboratorio.
Los tres miran la lluvia, privados de razón. Las gotas describen una regularidad infinita que, sin embargo, no es tal. Caen en los charcos en combinaciones imposibles que nunca consiguen repetirse. Una suerte de ritmo de infinitas posibilidades, percusión en todas direcciones.
A lo lejos, una luz que se acerca a toda velocidad. El 38. Como llamados a filas por un jefe de escuadrón, los tres se levantan con premura, recogen sus cosas y las cargan imperturbables sobre sus cuerpos. Echan la mirada al frente y dan tres pasos en decente coordinación, hasta el límite de los crueles cristales. El bus se para y abre sus puertas en una suerte de hospitalidad mecanizada. Sin abrir paraguas, estoicos, reciben una última paliza de frío que cala en los huesos. Pero ya están, de nuevo, a salvo. De refugio en refugio.
Prussia Cove, Basilea-Colonia, marzo-abril de 2024.
© 2024 Todos los derechos reservados | Claudia Reyes Segovia
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