An die Musik

El mundo de la música clásica está indignado. Primero, con los apagones culturales. Y ahora, con el anuncio oficial de la implementación de James Rhodes como pianista del régimen. Parece que corren malos tiempos para la lírica, como rezaba la canción.

Vaya por delante, y es lo primero que me gustaría exponer de manera clara y concisa, que la decisión de este gobierno – al que, por otro lado, he de confesar que le tenía hasta hace un tiempo una cierta simpatía personal – me parece una catetada de primer orden. Imagínense que para presentar los Goya se hubiera elegido a Leticia Sabater. Bueno, pues esto es algo del estilo. La calidad musical de James Rhodes es, como ya se ha dicho multitud de veces, profundamente discutible y, desde el punto de vista de una persona formada en el mundo de la música clásica, resulta denigrante su elección como representante oficial del mundo de la música clásica en el ámbito español. Pero no es solo eso, detrás del catetismo hay algo más, hay siglos y siglos de leyenda negra antiespañola que se filtran a través de las decisiones aparentemente más ínfimas del gobierno de turno. Y, sobre todo – y me duele en el alma decirlo -, si dicho gobierno es de izquierdas. Ser de izquierdas en España significa muchas cosas, y muchas, muy loables y bellas. Pero también significa adoptar como propia esa visión – extranjera, por supuesto – de España como país de pandereta, toreros, tortilla de patatas y trajes de flamenca, y sus posteriores evoluciones sociológicas. De nuevo las dos Españas, una que mira hacia los cides, las reconquistas y los Borbones, y otra que se ensimisma recordando la II República y criticando a Franco. Pero parece que nadie se acuerda de la Pepa, del Sexenio Democrático, de las hazañas del Imperio Español o de la larguísima historia sindical española (Semana Trágica, Ley de Fugas y un largo etcétera).  En definitiva, que parece que un Rhodes, por el hecho de llamarse Rhodes y no Sánchez, siempre va a ser mejor que un Solaun, un Martínez Mehner, una de Larrocha o un Orozco. Triste pero profundamente cierto.

Pero yo he venido aquí a hablar de mi libro, y creo que “mi libro” – véase, el estado actual del mundo de la música clásica - tiene mucho que ver, también, con que el señor Rhodes se haya puesto la medallita sin que nadie ni nada se lo impida. Porque, a mi parecer, la pregunta “¿por qué Rhodes y no otro?” tiene muchas más respuestas que solamente “es que el político de turno es un inculto”.

Las implicaciones sociales y políticas del papel de la música clásica – especialmente, pero no solo, también de muchas otras artes y disciplinas – en el mundo de hoy son prácticamente nulas, su poder de influencia se puede igualar casi a cero y su análisis como fenómeno queda reducido a círculos demarcados y encerrados que todos conocemos y en los cuales nos movemos. Las razones para esto son extensísimas y muy complejas y yo ni tengo la preparación suficiente para explicarlas, ni el talento para ordenarlas y comunicarlas de manera coherente, y, por ello, vale la pena referirse a otros autores que han hecho estudios serios sobre el asunto y no dejarme a mí el marrón de entrar en discusiones sociológicas, políticas y filosóficas de una complejidad tremenda[1]. Lo que es cierto y tenemos que aceptar ya es que la relevancia de la música clásica en la sociedad de hoy es inexistente. Así. Más claro agua. Por ello, me chirrían bastantes iniciativas como los Apagones Culturales que pudimos vivir durante el ya lejano confinamiento. Argumentos como “no habrías podido vivir sin streamings”, “no sé cómo hubierais pasado el confinamiento sin Netxflix y Spotify”, etc. se prodigaban como los granos de arena que se escabullen por cualquier sitio al volver a casa de la playa por entre las redes sociales. Pero, señores artistas de la clásica, ¿todavía no se han enterado ustedes de la diferencia entre la cultura de masas y el torremarfilismo cultural? ¡Joder, que Adorno y Benjamin llevan 70 años diciéndonoslo! ¿No se dan ustedes cuenta que adoptar a Netflix, Spotify, YouTube o similares como defensores de lo cultural es aceptar de pleno derecho la muerte de la música clásica, esto es, promulgar otra leyenda negra contra nuestras propias cabezas? En Maluma, Shakira o Dark, al fin y cabo, subyacen simbologías, discursos, ideas, conceptos e imágenes que remiten a la perpetuación de lo existente. No es que – solamente, aunque puede que también – se trate de arte sencillo y comprensible y, como resulta que todo el mundo es tonto, se lo tragan con patatas, la cuestión es qué implicaciones políticas y sociales tiene este tipo de arte para que su permanencia comercial siga funcionando de manera tan llamativa. Porque, no nos engañemos, la música, la danza, la literatura y el cine en términos generales siguen teniendo relevancia social. Y mucha.[2]

En mi opinión, la toma de conciencia del estado de la cuestión es fundamental. Vicent Andrés Estellés decía: “Allò que val és la consciència de no ser res sino s’és poble”. Pues bueno, empecemos por ser un pueblo y aceptar nuestra condición, tratando de situarnos en la realidad y no en torres demasiado altas desde las que solo se ven pequeñas hormigas andarinas. Una vez puestos los pies en el suelo, a mi parecer, hay dos caminos, que a continuación trataré de exponer más o menos detalladamente.

El primero es del intérprete, el exégeta, el hermeneuta y el esnob. Hay una tendencia muy extendida en los últimos 100 años, aproximadamente, e inversamente proporcional al grado de relevancia social de la música clásica que ha entendido la música clásica como una reliquia de lo pasado, como un mensaje trascendente y revelado, a través del cual se produce una suerte de iluminación personal a cualquiera que se someta de forma plena y completa a él. Un discurso poderosamente teológico y metafísico – en el mal sentido de la palabra – que tiene diversas implicaciones interesantes, de las cuales solo comentaremos algunas aquí.

La primera alude a propia concepción musical como un acto sagrado, ritual y anacrónico – porque también hay ritos muy necesarios y actuales –, es decir, una misa de sonidos. La concepción del intérprete como tal, es decir, como lector y hermeneuta elegido de un texto (¿a alguien le suena la palabra Ur-text?) y del concierto como lo conocemos es una cuestión relativamente moderna y tiene poco que ver con el papel y la función de la música en, por ejemplo, las cortes del renacimiento o de la ópera en el siglo XIX.

La siguiente implicación es la adhesión a órdenes monásticas – que no a gremios, que es muy distinto -, es decir: yo creo que el mensaje es este o aquel y, como mi identidad como persona depende principalmente de eso, pues he de convivir con gente que piense como yo y ser beligerante contra aquellos que piensan distinto. Son evidentes – y todos las conocemos – las redes clientelares, el amiguismo, las influencias en tribunales de concursos, las pruebas de orquesta, las programaciones de festivales, etc. que existen sin tapujos en el mundo de la clásica. En muchos casos - porque no voy a ser injusto, también hay excelentes persones que hacen su trabajo de manera ejemplar - el éxito de alguien depende en un buen porcentaje de su adhesión a tal o cual círculo.

La última implicación que quiero comentar, aunque hay muchas más, es la ruptura del canal y la desmembración del código comunicativo en el acto musical. Evidentemente, una verdad revelada se presenta como tal delante de ciertas personas y, por ello, el intérprete es una especie de médium que nos trata de pasar el mensaje, pero que nosotros, mortales, nunca seremos capaces de comprender en su plenitud. Es la ruptura definitiva de lo comunicativo en la música. Celibidache – un personaje que, por otro lado, yo admiro enormemente – decía que sus ideas nunca serían populares como lo era la Coca-Cola, porque no está hecha la miel para la boca del asno. Pero, y tirando de refranero español, no se puede estar en misa y repicando. ¿O es que no se puede dar música de altísima calidad a un público amplio si el canal y el código se reestablecen por los medios que sean (simplificación, pedagogía, proyectos sociales, etc.)? Asimismo, existe un problema de base que cabe comentar. En general, la música clásica per se es anacrónica, es decir, es como leer Guerra y Paz hoy, necesitamos mucha más información y mucha más preparación para enfrentarnos a ella, simplemente, por el hecho de que no conocemos el contexto ni las condiciones materiales de dicha obra. Algunos dirán que las cualidades de una obra maestra trascienden el tiempo y que el contexto de esta es irrelevante. En mi opinión, es cierto en parte, no voy a negar que una obra considerada maestra tenga cualidades intrínsecas que hoy todavía somos capaces de admirar, aunque también es muy interesante indagar y tratar de entender por qué una obra pasa a formar parte de un determinado canon, pero esa es otra historia. En cualquier caso, creo firmemente que las condiciones materiales en las cuales una obra se compone y se toca también juegan una parte importante en la recepción y en la comprensión de la misma. Y el caso más flagrante es, seguramente, el estreno de La Consagración de la Primavera, de la que nunca seremos ya capaces de entender su carácter revolucionario, aunque podamos percibir muchas de sus otras cualidades que no están directamente sujetas a condiciones temporales. Como último apunte en este sentido, el grandísimo Gustavo Bueno decía en la que, en mi opinión, fue su más reveladora y brillante entrevista[3], que "un libro de filosofía será siempre clandestino, aunque se deje en medio de la calle, porque nadie lo entiende". Con la música ocurre hoy algo similar. Se ha vuelto clandestina e incomprensible para muchos de nosotros y para nuestro público y eso ha anulado por completo la capacidad comunicativa y el poder transformador que posee.

En cualquier caso, no vamos a ser injustos, esta postura dominante en el mundo de la música clásica en el último siglo ha traído muchas cosas buenas: la profesionalización de una profesión que antes pertenecía a la esfera de los juglares y los cómicos y, por tanto, la institucionalización de entidades y condiciones laborales dignas para los músicos, la subida del nivel técnico y artístico de los músicos a cotas nunca vistas, la enorme consideración moral y social del artista en la sociedad de hoy comparado con otras épocas, etc.

Por otro lado, está la vía del virtuoso, de la música como elemento funcional de la sociedad, de la música como acto del aquí y del ahora. Y aquí es donde Rhodes nos gana a todos de calle, aunque sacrifique la calidad de lo que hace, lo cual me parece una cuestión bochornosa para los que nos dedicamos a esto, que vaya por delante. La palabra virtuoso tiene implicaciones evidentes con la palabra virtud, es decir, la areté griega, la capacidad de pensar, obrar y vivir bien, de ser un buen profesional, un buen ciudadano y una buena persona. Las raíces grecolatinas del término y su belleza conceptual me hacen dudar de manera alarmante del sentido despectivo y denigrante que la palabra ha adquirido entre los estetas. El virtuoso hace, vive, no interpreta. Y ese estado de acción es donde entra el papel del músico como engranaje social. Por otro lado, ¿cómo puede haber una verdad absoluta y revelada en un hecho que, si no se da aquí y ahora y, por tanto, en cada ocasión de manera distinta, no es capaz de existir?, ¿o es que existe una forma de reproducir actos performativos reales y yo no me he enterado? La concepción de lo exegético tiene sus raíces contextuales e históricas, y tuvo su sentido en el momento en el que tuvo su auge, pero, desde luego, no hoy, en la sociedad de la imagen, la sobreinformación y la conversión de cualquier cosa en mercancía.

 El otro día veía una entrevista a Simon Rattle donde decía una frase que me impactó. Reproducida viene a ser algo así: “When I arrived to the Berliner Philharmoniker, I made clear that it was fine to be high priests, but it was now the time to become evangelists and not to expect people to come to our concerts just because we do things well[4]. La analogía religiosa me parece tremendamente acertada y creo que da en el clavo en lo referente a la funcionalidad de la música en los últimos años de su existencia. La noción que planea por entre estas palabras es la misma que hace que Rhodes esté donde esté, el denostado marketing. La palabra es horrenda y superficial, además de anunciadora del capitalismo más feroz que se pueda imaginar, porque todo aquello que se somete al marketing – algo así como “mercadeamiento” – es mercancía. Pero, cuidado, ¿es posible utilizar lo subversivo del sistema a nuestro favor y convertir el marketing en un altavoz de música de calidad, en una forma de hacer pedagogía, en una fisura de los mensajes mayoritarios del arte de masas? Esta es, creo yo, la gran pregunta y la cuestión fundamental con la que tenemos que experimentar y tratar de resolver las dudas que se nos presentan a los músicos clásicos de este siglo. A Rhodes no le importa hacer un arreglo bastante chuchurrío del Himno de Alegría y utilizar esa música, por otro lado, maravillosa, como un símbolo político, porque lo es. ¿Seamos sinceros, a quién de nosotros en una situación así no se nos hubiera ocurrido criticar al político de turno por hacernos tocar tal o cual cosa en tal o cual situación? No es una cuestión de prostitución, porque se podría haber hecho con criterio – y aquí es donde está la diferencia entre Rhodes y un músico bien formado –, pero sí que es una cuestión de apertura, de amor real por el arte y por su capacidad de engranaje social y de poder transformador, y, sobre todo, es una cuestión de humildad personal y de conciencia política. Además, es la única manera posible de reestablecer el valor del acto comunicativo como elemento central en seno de la performatividad real de las artes escénicas. Triste pero cierto.

En mi humilde opinión, ya es hora de que expliquemos a nuestras abuelas la fascinante historia detrás de una ópera de Monteverdi, enseñemos a nuestros niños a apreciar la belleza de unas piezas para piano de Schumann y saquemos las orquestas a la calle para que la gente baile y, al mismo tiempo, tenga la curiosidad de oír a Bruckner. Y ya es hora de que dejemos de quejarnos por tocar en un sitio con mosquitos, por habernos dejado los zapatos negros en casa o por haber fallado tres notas en el concierto de hoy. Pero, no nos engañemos, no es un camino fácil, y la propia naturaleza y encaje complejo de la música clásica en la sociedad de hoy, por su anacronismo y su papel de arte minoritario, hacen que es posible que la pregunta que hemos planteado antes se responda con un no rotundo y no nos quede otra que abandonar la vía de la esperanza. Pero, al menos, habrá que intentarlo.

 

[1] Adorno, Benjamin, Lukács o Attali, entre muchísimos otros.

[2] Véase, por ejemplo, el libro sobre el trap del grandísimo Ernesto Castro.

[3] https://www.youtube.com/watch?v=K6Yvw4LTS4I

[4]Cuando llegué a la Filarmónica de Berlín, dejé claro que estaba muy bien ser sumos sacerdotes, pero que era momento de convertirse en evangelistas y no esperar que la gente viniera a nuestros conciertos solo porque hacemos las cosas bien”.

 

8/X/2020

© 2024 Todos los derechos reservados | Claudia Reyes Segovia

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.