Ceci n'est pas une présentation

Seguramente, si algo puede definirme como ser humano, es mi condición de hater, tanto en mi completa adhesión a esa categoría, como en mi lucha constante contra tratar de no serlo.

Soy un hater de las camisetas de tirantes, de las sardinas, de las retransmisiones de ópera por la tele, de las chancletas de dedo, del star system en la música clásica, de los chándales, del fútbol, de la filosofía posmoderna, de Brahms, de mis pelos, de las grabaciones posteriores a los años 50, de la palabra hater. Y de las presentaciones.

Siempre he encontrado extremadamente aburridas e incoloras esas típicas presentaciones previas a cualquier expresión humana, como si hubiéramos de catalogar, encasillar, confirmar o renegar de nuestros prejuicios a través de cuatro simples párrafos que parecen mostrarnos de la manera más sintética y concisa posible el mundo de tal o cual persona que consideramos de interés. Por no hablar de lo embarazosas que resultan cuando le tocan a uno. En mi caso, primero me ruborizo como un tomate acabado de recoger, y luego utilizo mis treinta segundos de gloria para echarme unas flores, para dar una imagen de tipo serio y comprometido, como si aparte de eso, no fuera vago, indisciplinado, egoísta y no muy espabilado.

Como es lógico, lo parcial nos deja ver solo una cara de la luna, puede que un día sea el Mar de la Tranquilidad y otro, el Océano de las Tormentas. Aunque, bien mirado, quizás es ese misterio el que nos adentra en el bello arte de conocer a alguien. Percibir su expresión y sus miradas (“creo que me ha mirado”, “parece insoportable”), escuchar su voz (“esa mezcla extraña entre estar en mitad de un mercado abarrotado y saborear las cerezas más dulces que uno pueda imaginar"), entablar una pequeña conversación de cortesía (“¡Anda, pero si a mí también me encanta la comida georgiana!”), volver a coincidir alguna otra vez, hablar hasta las tantas, ir a tomar un café, pasar noches cortísimas y eternas al mismo tiempo, un primer beso, quizás. Quién sabe.

Y, en ese largo camino, uno ha de mostrar aquello que le apasiona, lo que le une a los demás, lo que le define como persona. Quizás sea esa la mejor manera de mostrarse ante el mundo. Sí, soy un hater, pero también amo la cocina, la buena música, una buena serie, saborear un plato que ha estado cocinado toda la mañana, pasar una tarde tomando el fresco, un buen chapuzón, una excursión montañesa, un poema, una buena película, una sonrisa cómplice, un abrazo.

Uf, al final, parece que me he acabado presentando…

A Claudia, culpable de todo esto,

ella sabrá por qué.

 

12/VI/2020


 

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